Rousseau y el estatismo

Rousseau sostuvo que es absolutamente necesario rechazar las nociones de la Ilustración sobre la tolerancia religiosa y la separación de Iglesia y Estado.

Una vez que la degradación fuera completamente barrida, el proyecto de construir una sociedad moral podría empezar. Naturalmente, el buen edificio a ser levantado debe comenzar desde un buen cimiento. El primitivo estado de naturaleza era bueno, pero lamentablemente no podemos volver a él. La razón, una vez despertada, no puede ser obnubilada por completo. Pero tampoco podemos tolerar nada que nos lleve de regreso a la civilización avanzada contemporánea. Afortunadamente, la historia nos proporciona buenos modelos para mirar hacia atrás en la mayoría de las culturas tribales, y encontrarnos con que sus sociedades,

que mantenían una posición intermedia entre la indolencia de nuestro estado primitivo y la actividad petulante de nuestro egocentrismo, debe haber sido la época más feliz y duradera. Cuanto más uno reflexiona sobre ello, más uno encuentra que este estado era el menos susceptible de levantamientos, y lo mejor para el hombre. (Rousseau 1755, 50)

Lo mejor que podemos hacer, en consecuencia, es tratar de recrear, en forma moderna, una sociedad sobre aquel modelo.

Tal recreación debe comenzar con una apropiada comprensión de la naturaleza humana. Contrariamente a las afirmaciones de los filósofos de la Ilustración, el hombre es por naturaleza un animal pasional , no uno racional , las pasiones más profundas del hombre deberán fijar el rumbo de su vida, y la razón siempre debe ceder ante ellas.

Las pasiones son un cimiento apropiado para la sociedad, dado que uno de los deseos más profundos es creer en la religión y -cree Rousseau- la religión es esencial para la estabilidad social . Ese deseo de creer puede y debe sustituir a todas las objeciones de la Ilustración. “Creo por ello que el mundo es gobernado por una voluntad sabia y poderosa. Lo veo o, más bien, lo siento”. El sentimiento de Rousseau de la existencia de Dios , sin embargo, no le brindó información muy detallada sobre la naturaleza de Dios. Dios está “escondido de igual forma de mis sentidos y de mi comprensión”, por lo que su sentimiento le brindó solamente la sensación de que una inteligencia poderosa y buena ha credo al mundo. Los argumentos de los filósofos acerca de Dios no sólo no le aclararon el tema, sino que empeoraron las cosas: “Mientras más pienso acerca de ésto”, escribió Rousseau , “tanto más confuso estoy”. Así que él decidió ignorar a los filósofos – “impregnado con el sentido de mi insuficiencia, yo nunca deberé razonar sobre la naturaleza de Dios” – y dejará que sus sentimientos guíen sus creencias religiosas, sosteniendo que sus sentimientos son una guía más confiable que la razón. "Tomé otra guía, y me dije a mí mismo: 'consultemos a la luz interior, me va a llevar menos por el mal camino que lo que ellos, que me llevan por mal camino". La luz interior de Rousseau le revela un inconmovible sentimiento de que la existencia de Dios es la base de todas las explicaciones, y ese sentimiento era para él inmune a la revisión y al contraargumento: “Alguien muy bien podrá polemizar conmigo acerca de esto, pero es lo que siento, y este sentimiento que me habla es más fuerte que la razón que lo combate”.

Este sentimiento no vino a ser simplemente uno más de los caprichos personales de Rousseau. En el basamento de todas las sociedades civiles, sostuvo Rousseau, uno encuentra una legitimación religiosa para lo que hagan sus líderes. Los líderes fundadores de la sociedad pueden no siempre creer realmente en las legitimaciones religiosas que ellos invocan, pero esa invocación es de todos modos esencial. Si las personas creen que sus líderes están actuando según la voluntad de los dioses, obedecen más facilmente y “cargan con docilidad el yugo del bien público”. La razón ilustrada, por contraste, lleva a la incredulidad, la incredulidad conduce a la desobediencia, y la desobediencia conduce a la anarquía. Ésta es una razón más por la que, según Rousseau, “el estado de reflexión es un estado contrario a la naturaleza y el hombre que medita es un animal depravado”. La razón, por lo tanto, es destructiva de la sociedad, y debería ser limitada y reemplazada por la pasión natural.

Tan importante es la religión para una sociedad, escribió Rousseau en El Contrato Social, que el estado no puede ser indiferente hacia los asuntos religiosos. No puede seguir una política de tolerancia hacia los no creyentes, ni siquiera ver la religión como una cuestión de la conciencia individual. Es absolutamente necesario, por lo tanto, rechazar las peligrosas nociones de la Ilustración sobre la tolerancia religiosa y la separación de Iglesia y Estado. Más aún: tan fundamentalmente importante es la religión que la pena máxima es apropiada para los incrédulos:

"Sin poder el Estado obligar a nadie a creerlas, sí puede desterrar a quien no las crea, no por impío, sino como ser antisocial, incapaz de amar de verdad a las leyes y la justicia, y de sacrificar si es necesario, su vida al deber. Si, después de haber reconocido públicamente estos dogmas, una persona actúa como si no los creyera, se le debe condenar a muerte." . (Rousseau 1762b, 4:8. )

Una sociedad debidamente fundada en la pasión natural y la religión superará al individualismo egocéntrico al que conduce la razón, haciendo posible a los individuos formar una nueva forma de vida, un organismo social y colectivizado. Cuando los individuos se unan para formar la nueva sociedad, “la particularidad individual de cada parte contratante es rendida a un nuevo cuerpo moral y colectivo que tiene su propio yo, vida, cuerpo, y voluntad”. La voluntad de cada individuo ya no es la propia, sino que se vuelve común o general, bajo la dirección del vocero del conjunto. En la sociedad moral, “uno se fusiona con el todo, en el cual cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder, bajo la dirección suprema de los líderes de la sociedad”.

En la nueva sociedad, el liderazgo expresa la “voluntad general" y ejerce políticas que son lo mejor para el total, lo que permite a todos los individuos lograr sus verdaderos intereses y su libertad verdadera. Los requerimientos de la “voluntad general" están por encima de cualquier otra consideración, por lo que un ciudadano “debe rendir al estado todos los servicios que él puede tan pronto como el soberano se los demanda”.

Sin embargo hay algo en la naturaleza humana, corrupta como está ahora por la razón y el individualismo, que está y siempre estará contra la voluntad común. Los individuos raramente ven que sus voluntades individuales estén en armonía con la voluntad general, y en consecuencia “la voluntad privada actúa siempre en contra de la voluntad general”. Y entonces para contrarrestar estas tendencias individualistas socialmente destructivas, el estado está justificado para usar la compulsión: “quien se niegue a obedecer a la voluntad general será forzado a hacerlo por el cuerpo total; esto significa simplemente que él será forzado a ser libre.” El poder de la voluntad general sobre la voluntad individual es total. “El estado... debe tener una fuerza compulsiva universal para mover y disponer cada parte en la forma más asdecuada a la totalidad.” Y si los líderes del estado dicen al ciudadano, “ 'es conveniente para el estado que usted deba morir', él deberá morir.”

Así encontramos en Rousseau un conjunto explicito de posturas Contra-Ilustración , dirigidas contra los tópicos de la Ilustración: la razón, las artes, las ciencias, el individualismo ético y político y el liberalismo. Rousseau fue contemporáneo de los revolucionarios americanos de los 1770's, y hay un ilustrativo contraste entre las posturas de Locke acerca de la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad en la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos y el juramento del Contrato Social de Rousseau para su proyecto de Constitución para Córcega: "Me uno en cuerpo, bienes, voluntad y todos mis poderes a la nación corsa, otorgándole propiedad sobre mí, sobre mí mismo y todos aquellos que dependen de mí”

La política lockeana de la Ilustración y la política de Contra-Ilustración de Rousseau conducirán a aplicaciones prácticas opuestas.

Rousseau murió en 1778 cuando Francia estaba en el apogeo de su Ilustración. Al momento de su muerte, los escritos de Rousseau eran bien conocidos en Francia, aunque no habían ejercido la influencia que tendrían cuando Francia entrara en su revolución. Fueron los seguidores de Rousseau quienes prevalecieron en la Revolución Francesa, especialmente en su destructiva tercera fase


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